Mi pequeña revancha

Páginas

¿Lagunas mentales?
No se preocupe
Péguese un viajecito a la Argentina
Se las quitarán de inmediato



Nocordero Tarifado



Era Wilson, pero ya no hablaba con un susurro
Poe

[EL CONSEJO: Nocordero y Pp miran la televisión. Informan de dinero recibido, por periodistas de oposición, de organismos vinculados al Departamento de Estado de Usamérica. Nocordero comenta: si a un periodista la van a pagar para hacer lo que tiene que hacer, que es escrutar al poder, qué importa quién le pague. Pp, sin alterarse, con media sonrisa, responde: bueno, pero en dos, tres, cinco, veinte años, un día tocan la puerta de tu casa, y es para hablarte de aquel dinero, y de lo que hiciste por aquel dinero, y no la vas a pasar bien]

A  la biblioteca del Centro Internacional Miranda llegué pensando que hacía un reportaje de inmersión, como Gunter Walraff entre los turcos musulmanes. Pero no. Para nada. En realidad, si quería hacer comparaciones grandilocuentes, tendría que haber dicho que estaba, como Hernán Vera, en El Salvador, cuando grababa en los cuarteles del Ejército Nacional, como corresponsal de la Canadian Broadcasting Company, y después pasaba las cintas sin editar a la dirección de inteligencia del Ejército Revolucionario del Pueblo. Aunque también tendría que haber dicho: pero del otro lado.

Un último Cordero




I
De él mismo hablaba poco. Se reservaba sus opiniones. Para contar, contaba chistes, repetía anécdotas de su infancia, o inventaba historias para mí antes de dormir. Por eso de su vida antes de yo conocerlo no supe mucho.
Solo una vez, siendo yo niño, me dijo en el recibo de la 26 –creo que estábamos al lado de la ventana– que una vez estuvo preso, por joder a un tipo de un coñazo en la quijada con una manopla.
(Febres medía un metro sesenta y tres)
Varias veces lo oí hablar sobre un truco que tenía, cuando era monaguillo en Mérida, para hacer que todas las monedas de cinco centavos de la limosna cayeran en un depósito aparte, donde después las recogía. El cura, que era medio cegato, vivía admirado de la generosidad de los feligreses, que –pensaba el cura cegato– nunca dejaban menos de una locha. Cuando lo contaba, Febres se ponía rojo de la risa.
La historia de cuando era monaguillo la contaba con detalles y la dramatizaba, como contaba los chistes o las historias que inventaba para mí antes de dormir. La de la manopla, y otras, apenas las mencionaba, y no volvía a hablar de ellas ni una vez más. De esa serie es una que contó cuando yo ya era un preadolescente: una vez a mí tuvieron que llevarme a darme unos corrientazos, porque me agarró una loquera ahí, dijo en el anexo de la 26, dándole poca o ninguna importancia, y con algo así como media sonrisa.
De su padre, su madre y sus hermanos no recuerdo haberle escuchado una sola palabra. Incluso recuerdo un segundo de sorpresa, cuando escuché por primera vez a alguien decirle Eduardo y descubrí que se llamaba como yo. Para mí, y para quienes más lo conocimos, era solo Febres.
“Febres”. Así le dijeron desde que fue office boy en el primer banco donde trabajó, el mismo banco donde conoció a Lalá.
(y así se anticipaba la amputación del apellido a su hijo Pp, el primer Nocordero)

Totalmente gratuito



Para José Ángel López, que como
Febres fue bajito, temerario e invencible



La oferta
“Crea un blog: es totalmente gratuito”. La última vez que Nocordero vio esta oferta fue la primera vez que se detuvo en ella. Y de inmediato vino corriendo a su memoria la frase de cabecera de Mau, una de Freud: lo único gratuito es la muerte. Entonces hizo la captura de pantalla y lo guardó, porque estaba seguro de que en algún momento la oferta de Blogger (de Google) y la máxima de Mau (de Freud) iban a revelarle algo.
Pensó que el “algo” iba a ser del orden conspirativo, sobre las formas perversamente geniales que Dio$ crea para hacer que todos trabajemos para él (pensaba Nocordero), mientras creemos que nos está haciendo un regalo, o incluso que lo estamos combatiendo y que lo vamos a vencer. Pero no.
Ahora, cuando encuentra esta captura de pantalla en sus archivos y se detiene a pensar en esta oferta y en la frase de Freud (de Mau) la revelación aparece, y no conduce a las conspiraciones de Dio$, sino a un episodio de su minúscula e irrelevante historia personal (como era de esperar de una frase de Freud, piensa Nocordero; otra cosa sería con una de Marx). Un episodio que recuerda muy bien pero en el que hasta ahora no se ha detenido lo suficiente como para comprender lo que va a creer que comprende hoy.

El (la) 26





26

Febres era un jugador incansable de 5 y 6. Los domingos que yo amanecía en la 26 era plan fijo ir con él a sellar el cuadro.
El cuadro era una serie de ovalitos organizados en dos cuadrículas, impresas en una hoja doble, con el número de la carrera en el eje X y el número del caballo en el eje Y. Febres rellenaba con bolígrafo el ovalito donde estaba el número del caballo o los caballos que creía que iban a ganar cada carrera. La marca se traspasaba con papel carbón a la hoja de abajo.
Sellar era ir a un lugar donde le ponían una estampa de autenticidad, arrancaban la copia, y cobraban. Y esta era una de las cosas que Febres y yo compartíamos a pesar de los sesenta años que nos llevábamos. A veces era él quien se desplazaba de generación, como cuando jugábamos bowling en el Atari 2600 que él me regaló.

Mi doble

¿Por qué este afán por publicar (y no hablo de escritores sino de todo el que tiene feisbuc.fliquer.tuiter.blog.cuentaenyutub)? Yo arriesgo la siguiente hipótesis: si, pensamos, como Juan Villoro, en una arqueología del futuro, habría también que pensar que, a pesar nuestro, quedarán registros de nuestra existencia. Y, sobre todo, que en esos registros probablemente reinarán las falsificaciones, los dobles y los malos entendidos.
Por ejemplo, si el error que incluye a Pp en la genealogía se hubiera reproducido, yo aparecería como Eduardo Febres Cordero. Y no aparezco, pero Eduardo Febres-Cordero existe: tiene 25 años, es caraqueño, escribe y es chavista. Entonces cuando conocidos o familiares me preguntan a qué me dedico y ellos me guglean, aparece él:
Por eso creo que esta asiendad exhibicionista que marca el espíritu de la época (al menos de quienes podemos ocupar nuestro tiempo en preguntas menos vitales que ¿tomaremos agua esta semana? o ¿comeremos algo más que galletas de barro?) tiene que ver con el deseo de que haya suficientes huellas de nuestra identidad como para que alguien nos recuerde sin confundirnos, cuando pase la barredora que anuncia el horóscopo maya y que Fidel dice que es para ya.

El nombre del padre

Mi sangre trajo grabada las formas de su historia.
Nací marcado por la figura de mi padre (Pp de ahora en adelante) y por su apellido.
Cuando digo la figura digo sus gestos, su voz, su color de piel, su acné, su barba, su mirada.
Y cuando digo apellido digo su apellido mutilado. Digo apellido que tiene en Internet colgada una genealogía según la cual yo no nací.
La genealogía dice que la sangre de Pp proviene de un "Guilles La Fevre , natural de Courtrai, en el antiguo condado de Flandes y que hoy forma parte del Reino de Bélgica". Guilles. El tronco, le dicen. Seguramente tuvo muchos esclavos.
De la isla de Hierro proviene esta foto:



Pero yo por azar ya no. En Pp se detiene la genealogía.

Pp aparece, pero por error. Aunque este Humberto Febres-Cordero se refiere a él, él no es Humberto Febres-Cordero, sino Humberto Febres Cordido. Al registrarlo, mi abuelo decidió retirarle la segunda parte del apellido.
Puso como excusa que el apellido de mi abuela era muy parecido a Cordero, y la gente se iba a confundir. Pero yo estoy convencido de que lo hizo porque los Febres-Cordero son un linaje de dueños del trabajo ajeno, y a él le tocó trabajar toda la vida para otros (contándoles el dinero) hasta ser desechado.
Si un árbol genealógico fuera un árbol, habría que decir que yo crecí de una rama a la que le dieron un hachazo.
Pp y yo, los dos únicos hijos varones, caímos a la tierra, y somos una planta aparte. Y si yo no dejo descendencia (si no dejo embarazada una mujer, y ese hijo nace y sobrevive) yo seré algo así como la última extremidad de la rama cortada que cayó a la tierra. Y es precisamente lo que pienso ser.